Read this article in English here.

En las recientes redadas y medidas severas emprendidas por agentes de inmigración en los Estados Unidos, ICE y la CBP han detenido a más de 20.000 mujeres, mayoritariamente Latinas, y muchas de ellas residentes legales. Como respuesta, en las manifestaciones contra ICE y No Kings, las comunidades latinas y otras personas marginadas y desafectas han reivindicado su lugar en la sociedad estadounidense con letreros que anuncian, “¡Este país también es nuestro!”
De hecho, ahora que el resurgimiento de una postura anti-Latinx coincide con el 250.º aniversario de la fundación de los Estados Unidos, hay que recordar que antes de la Revolución Norte Americana, mujeres hispanohablantes vivían en territorios que, con el tiempo, se convertirían en los Estados Unidos. Desafortunadamente, tras la adquisición de esas tierras por un Estados Unidos recientemente independiente, el papel de aquellas mujeres en la creación de nuestra nación se ha olvidado.
Varias décadas antes de que llegaran los colonos ingleses a la colonia de Roanoke y Plymouth Rock, las mujeres hispanohablantes habían explorado la América del Norte continental, ya que España esperaba que las mujeres de todas las razas actuaran como agentes del imperialismo europeo. Con el tiempo, se volvieron esenciales en el establecimiento de los asentamientos europeos que eventualmente se convertirían en los Estados Unidos. Además, la independencia, determinación y resiliencia de ellas serían fundamentales para sentar las bases de un legado feminista estadounidense.
En 1527, varias mujeres participaron en la expedición de Narváez que viajó por la costa occidental de Florida. Más tarde, Ana Méndez, una empleada doméstica proveniente de España, y Francisca Hinestrosa, la esposa de un soldado, eran dos de aproximadamente diez mujeres que viajaron desde Cuba a Florida con Hernando de Soto y su expedición en 1539. Hinestrosa, que acompañó a su marido y estaba a punto de dar a luz, murió en la Batalla de Chicaza en lo que actualmente es la parte noreste del estado de Mississippi en 1541. Méndez logró sobrevivir y volvió a España, donde fue llamada a testificar sobre sus experiencias.

Tras estas primeras expediciones, la monarquía española animó a las mujeres españolas a asentarse en la región para que le ayudaran a consolidar su autoridad. En 1565, Leonor de Morales, del norte de España, junto con su marido y sus dos hijos, atravesó el Atlántico con la expedición de Menéndez de Avilés, el cual estableció la colonia española de La Florida. Cuando dio a luz al año siguiente, su hijo Martinico se convirtió en el primer niño español nacido en Florida (aunque, sin duda, otros nacimientos no llegarían a registrarse).
Luisa de Abrego, una negra libre de Sevilla, España, y su pareja, Miguel Rodríguez, un herrero español, cruzaron el Atlántico en la misma expedición colonizadora. Fueron testigos de la fundación de San Agustín (St. Augustine, Florida), el asentamiento europeo más antiguo de los Estados Unidos de tierra firme. Se casaron poco después y su matrimonio interracial fue el primer matrimonio cristiano documentado en lo que más tarde se convertiría en los Estados Unidos.
Es importante reconocer que las mujeres europeas fueron cómplices en la explotación laboral de indígenas y africanas, destruyendo de ese modo a familias a ambos lados del Atlántico e intentando erradicar las culturas no europeas. No obstante, las mujeres afrodescendientes e indígenas desempeñaron un papel crítico en el establecimiento y la perpetuación de los asentamientos europeos.
La conquista española de Florida fue marcada por alianzas estratégicas con las mujeres indígenas, quienes actuaron como intermediarias entre los colonos europeos y las comunidades indígenas. Al reconocer la importancia de estas relaciones, las autoridades españolas no sólo permitían, sino que también incentivaban las uniones matrimoniales entre hombres españoles y mujeres indígenas. Estos matrimonios fortalecieron los lazos que existían entre las poblaciones locales y promovieron los intereses de los españoles en la zona.
La arqueóloga Kathleen Deagan ha observado la intervención crítica de Doña María Meléndez, la cacica de las comunidades indígenas Saltwater y Mocama Timuca a finales del siglo dieciséis. Después de convertirse al cristianismo y casarse con un soldado español, Meléndez se convirtió en una figura central en la supervivencia y estabilidad de San Agustín (St. Augustine). Cuando el hambre amenazó a la colonia, Meléndez impuso un impuesto de 25 libras de maíz a cada hombre casado bajo su autoridad, asegurando así la supervivencia del asentamiento. Los matrimonios entre mujeres indígenas y colonos españoles también beneficiaron a las comunidades locales, pues establecieron lazos diplomáticos vitales que fomentaron la colaboración y aportaron protección durante de la expansión y el asentamiento de los españoles.
A la gente esclavizada que vivía en las colonias británicas contiguas, España les ofreció santuario y libertad a aquellas que se escaparon a los territorios españoles y se convirtieron al catolicismo. Para el siglo dieciocho, tantos africanos esclavizados habían logrado la libertad en La Florida que en 1738 se estableció la Gracia Real de Santa Teresa de Mosé, o el Fuerte Mosé, justo al norte de San Agustín, el primer pueblo de negros libres en lo que se convertiría en los Estados Unidos de tierra firme. La pequeña población de 38 viviendas, que contaba con unas 23 mujeres, incluía a Ana María de Escovar, quien había huido de la esclavitud en la Carolina por la libertad que le ofrecía la aldea española. Cuando Florida fue cedida a Inglaterra en 1763, España evacuó el Fuerte Mosé y restableció a los habitantes en Cuba.
Después de que la región volvió a estar bajo control español en 1784, otros pueblos de negros libres fueron establecidos y perduraron al menos hasta que Florida se convirtió en territorio estadounidense en 1821. Además, la ley española les reconocía a las mujeres y a los hombres esclavizados ciertos derechos legales básicos en sus propios territorios, incluso mientras estaban esclavizados, y les proporcionaba la posibilidad de comprar su libertad mediante un proceso llamado coartación. Los descendientes de estos colonos, sobre todo las mujeres de color, perdieron la mayoría de aquellos derechos bajo el dominio estadounidense. Muchas de estas personas se fueron a las colonias españolas del Caribe en vez de someterse a la autoridad estadounidense. Otras se quedaron y lucharon para mantener lo que era lícitamente suyo, como fue el caso de la anteriormente esclavizada y después hacendada, Anna Madgigine Jai Kingsley (1793-1870), una aliada de los españoles que quemó sus plantaciones en vez de entregárselas al nuevo país.
En la Costa del Pacífico, las mujeres hispanohablantes desempeñaron un papel fundamental al establecer los centros europeos más importantes en California como parte de la Expedición de Anza (1775-1776). Las mujeres y niños que componían la mayoría de la expedición de 240 personas viajaron más de 1.200 millas desde el norte de México a través del desierto hacia el suroeste de lo que actualmente es los Estados Unidos, cruzando el río Colorado y las montañas de San Jacinto. Por la costa de California, fundaron asentamientos en la Misión de San Gabriel Arcángel (a las afueras de lo que se convertiría en Los Ángeles), San Luis Obispo, el presidio de Monterrey y las misiones y presidios alrededor de la Bahía de San Francisco.
La mayoría de estas mujeres eran mestizas, entre las cuales estaba María Feliciana Arballo, una mestiza afrodescendiente, quien se había sumado a la Expedición Anza junto a su esposo, un soldado, y sus dos hijas, una de cuatro años y la otra de tan solo un mes. Impertérrita ante la muerte de su esposo poco antes de la partida del grupo, decidió continuar en la expedición con sus hijas. Las autoridades le dieron el apodo de “viuda bien descocada” y ella y sus hijas viajaron hasta la Misión de San Gabriel, donde volvió a contraer matrimonio. Enviudada por segunda vez, luego se volvió a asentar y a casar por tercera vez en el recién establecido asentamiento de San Diego.
La capacidad de las mujeres de tener hijos fue fundamental para el éxito de los nuevos establecimientos de la frontera. A este respecto, la expedición de Anza no comenzó con buenos auspicios, pues Manuela Ygnacia López Peñuelas murió al dar a luz el primer día. No obstante, fue la única mujer que murió en la expedición y, mayoritariamente, estas mujeres dieron a luz a muchos hijos. María Gertrudis Rivas, la cual se identificaba como española o blanca, y era la esposa de un soldado afrodescendiente o indígena, comenzó la expedición con tres hijos a su lado mientras mantenía un embarazo avanzado. La Nochebuena de 1775, dio a luz a un hijo llamado Salvador. María Gertrudis luego parió a cuatro hijos más en la Misión de San Francisco de Asís (San Francisco) y a cuatro más en la Misión de Santa Clara, antes de morir en 1813 a los 61 años. Sus siete hijas y sus cuatro hijos supervivientes lograron un éxito considerable y sus descendientes, junto con los de otros miembros mestizos de la Expedición Anza, se convirtieron en los pilares de la temprana sociedad española en la Costa Oeste.
En las nuevas poblaciones de California, las mujeres hispanohablantes no solo parían y criaban a sus hijos, sino que también se esforzaban incansablemente por mantener a sus familias, cultivando la tierra y criando ganado. Esto lo hacían bajo condiciones difíciles, sufriendo la escasez de suministros y los ataques de los indígenas. Muchas veces, las mujeres y los niños sobrepasaron en número a los hombres en los presidios, ya que sus esposos, que eran soldados, se iban de patrulla por períodos prolongados. No obstante, estas mujeres persistían a pesar de los tiempos difíciles y transmitían la cultura española y el catolicismo en la frontera.
Por todo el suroeste, la población no-indígena era principalmente hispanohablante incluso hasta la segunda mitad del siglo diecinueve, pues Tejas pertenecía a España y luego a México hasta 1836, y California, Arizona y Nuevo México hasta el Tratado de Guadalupe-Hidalgo de 1848. Hoy en día, más de 40 millones de personas en los Estados Unidos hablan español en casa, de las cuales más de la mitad nacieron aquí.
Mientras las mujeres hispanohablantes entraban bajo la jurisdicción de la nueva nación de los Estados Unidos, fueron sistemáticamente borradas de la narrativa oficial de la historia estadounidense. Atravesaron con valentía océanos y continentes para construir vidas nuevas. Establecieron ciudades y pueblos que luego se convertirían en centros de cultura y desarrollo económico estadounidenses.
Como sus homólogas inglesas protestantes de Nueva Inglaterra (New England), eran madres fundadoras de nuestra nación. Sus legados perdurarán a través de sus descendientes y de las muchas mujeres latinas que emigraron a los Estados Unidos a lo largo de los últimos 250 años. Ahora que nos enfrentamos a la detención masiva de mujeres hispanohablantes, es esencial recordar que, desde hace mucho tiempo, este también ha sido su país.
Explore the entire FEMINIST 250: Founding Feminists essay collection:
- The main Founding Feminists page contains original art and a historical timeline and invites readers to submit original poetry.
- America’s Founding Feminists: Rewriting America’s Origin Story, by Janell Hobson, professor of women’s, gender and sexuality studies at the University at Albany.
- Haudenosaunee Governance: The Matrilineal Democracy That Shaped America, by Michelle Schenandoah, founder of Rematriation, a Haudenosaunee women-led nonprofit organization.
- ‘This Is Our Country Too!’: The Enduring Legacy of Spanish-Speaking Women in Early America, by Allyson M. Poska, professor of history emerita at the University of Mary Washington, translated by Antonia Delgado-Poust, associate professor of Spanish at the University of Mary Washington. Lea este artículo en español aquí.
- Claiming the Revolution: Gender, Sexuality and the Radical Promise of 1776, by Charles Upchurch, professor of British history at Florida State University.
- Reclaiming Phillis Wheatley (Peters): Imagination as a Feminist Founding Project, by Dana Elle Murphy, assistant professor of Black studies and English at Caltech.
- The Radical Potential of Traditional Femininity, by Jacqueline Beatty, associate professor of history at York College of Pennsylvania.
- Queer Possibilities in Revolutionary America, Jen Manion, Winkley professor of history at Amherst College.
- She Wanted to Be Free: Black Women’s Revolutionary Resistance, Dr. Vanessa M. Holden, associate professor of history, director of African American and Africana studies at the University of Kentucky, and director of the Central Kentucky Slavery Initiative.
- Sally Hemings and the Making of Democracy, Jessina Emmert, doctoral candidate in the Department of Women’s, Gender and Sexuality Studies at the University of Kansas.
- The Abolitionist Origins of American Feminism, Manisha Sinha, Draper chair in American history at the University of Connecticut.
- The Curious Case of Afong Moy: Asian Womanhood and National Belonging in the U.S., Anne Anlin Cheng, Louis W. Fairchild class of ’24 professor of English at Princeton University






